viernes, 22 de julio de 2022

TRIPLETE HISTÓRICO DE U.S.A. EN LOS 100 METROS

 

ÁLVARO SÁNCHEZ

El País.com

Eugene (Oregón)

Ruge Hayward Field, por fin desencadenado, como diciendo que esto es América y aquí mandan ellos. “U-S-A, U-S-A”, gritan mientras Fred Kerley, 1,91 metros y 93 kilos de pura potencia, se da golpes en el pecho que momentos antes ha metido hacia adelante, los brazos completamente estirados hacia atrás, para imponerse sobre el tartán. Culmina así el tejano de 27 años —que ya fue plata en 100 metros en los Juegos de Tokio— un viaje que no muchos atletas son capaces de emprender: triunfar en una distancia superior y cambiarla luego por otra más corta. Bronce en el 400 metros del Mundial de Doha hace tres años y oro este sábado en Eugene en los 100 metros. Es el primero de la historia en obtener medallas mundialistas en esas dos distancias. Fantaseaban los aficionados norteamericanos con un triplete de sus velocistas en el hectómetro, territorio de barras y estrellas en los dos últimos mundiales de Londres y Doha (1º y 2º en ambas), cuando Usain Bolt salió de escena. Pero la historia decía que no era sencillo ampliar el dominio al último escalón: no había tres estadounidenses juntos en el podio del 100 metros mundialista desde hace 31 años, en los tiempos de Carl Lewis, cuando sucedió dos veces, en Helsinki 1983 y Tokio 1991. Y no se daba un triplete estadounidense en otra prueba mundialista desde 2007. Se despejó algo el camino ya antes de la semifinal, con la retirada del italiano Marcell Jacobs, último campeón olímpico en Tokio el año pasado, por un problema en el aductor del muslo derecho. Y la entrada en la final de los cuatro representantes estadounidenses, tres de ellos (Coleman, Bromell y Kerley) empatados en 9.76s como mejor marca personal, —aunque solo este último la hizo esta temporada— auguraba que el pleno americano no era para nada descabellado. Para que eso sucediera, debían vencer la oposición del jamaicano Oblique Seville (9,86 esta temporada), el único que parecía en disposición de aguar la fiesta en una final sin europeos en la que también estaban el sudafricano Simbine, el japonés Sani Brown y el canadiense Brown. Por pura matemática, uno de los cuatro estadounidenses debía quedarse, eso sí, sin saborear el metal, excluido de la fiesta casera del primer mundial de atletismo en suelo de su país. Salió de tacos el primero Christian Coleman, vigente campeón mundialista de los 100 metros y antiguo especialista de los 60 metros, donde el tiempo de reacción es esencial. El más lento fue, por la calle 4, el máximo favorito, Kerley, pero pronto se puso manos a la obra para recortar distancias con Bracy, que le tomó una ligera ventaja justo a su izquierda, mientras Bromell volaba peligroso en las antípodas de la calle 8, y Coleman cedía. El final, muy cerrado, lo zanjó Kerley con un gesto de técnica genial: tronco inclinado hacia adelante, brazos como alas de avión, para acabar en 9,86s, Bracy (9,88s), metió cabeza, pero le faltaron dos centésimas, las mismas que al bronce Bromell (9,88s también), que observaba, cuello girado a la izquierda, el mentón elevado del ganador traspasando la línea de meta en primer lugar. Coleman perdió su cetro lejos de las medallas con un sexto puesto y fue el único estadounidense sin recompensa. Con su victoria, Kerley, que se decidió a centrarse en el atletismo por una carambola, gracias a que se rompió la clavícula en el último año de secundaria y dejó a un lado definitivamente el fútbol americano y el baloncesto, sus deportes favoritos hasta entonces, es ahora uno de los únicos tres hombres de la historia que han bajado de 10 segundos en 100 metros, 20 segundos en el 200 y 44 segundos en el 400 (junto al sudafricano Wayde van Niekerk y el estadounidense Michael Johnson). Y exhibe una vez más su versatilidad. En la celebración, Kerley fue parco en palabras: “Dijimos que lo íbamos a hacer y lo hicimos”, aseguró sobre el triplete del 100 metros estadounidense. En el pasado ha dado algunos detalles sobre la problemática infancia que vivió. En esa etapa sucedió el que califica como el momento más importante de su vida, cuando su tía le adoptó junto a sus hermanos y evitó así que fueran separados, aunque eso supusiera tener que cuidar de 13 niños bajo el mismo techo —contando a sus propios hijos—. “Tenía dos años cuando me mudé con ella por primera vez, un niño pequeño que no sabía lo que sucedía a su alrededor. Mi padre terminó en la cárcel, mi madre tomó caminos equivocados en la vida, lo que significaba que la tía Virginia era la única que podía cuidar de mí y de mis cuatro hermanos”. En ese texto, titulado Mi tía y yo, que escribió para la publicación Spikes en 2019, Kerley hace gala de una profunda religiosidad, y arroja algunas revelaciones sorprendentes. Como que su primer tatuaje, el salmo 104 de la Biblia, se lo hizo a los 12 años, y desde entonces ya no pudo parar de grabar sobre su cuerpo nuevos mensajes y figuras, hasta sumar más de una decena, entre ellos la Virgen María o la palabra bendecir, una forma de dar gracias por haber permitido a ese niño de familia desestructurada conseguir cosas impensables. “Por el modo en que ha transcurrido mi vida, sé que tengo todo tipo de bendiciones viniendo hacia mí desde arriba”. También se tatuó el apodo de su tía, Meme, en su brazo izquierdo “para que siempre esté conmigo”. Su conclusión sobre lo que supuso para él no deja lugar a dudas. “Sin ella, probablemente no estaría aquí ahora. Y por supuesto no sería un atleta de élite mundial y quién sabe dónde hubiera terminado”.

No hay comentarios: