viernes, 28 de agosto de 2015

USAIN BOLT SE AFIANZA Y TAMBIÉN ES EL MEJOR EN LOS 200 METROS

CARLOS ARRIBAS
El País.com

Hablan por ahí de gente con poderes, de gente cuya sola voluntad, o sus manos o su mirada, puede convertir el agua en vino, la tormenta en calma, la materia en aire, la noche en día, las leyes de la fisiología en palabrería. A algunos les llaman predicadores y a otros engañabobos, y suelen dedicarse a oficios extraños y no muy bien vistos, secretos. Hay uno de entre ellos, sin embargo, que ni es predicador ni reverendo, pero ejerce sus poderes ante las masas que, gozosas en el estadio por miles o embobadas ante su pantalla televisiva por cientos de millones, sucumben a su poder mental, se postran y le adora. Ese uno es un atleta. Se llama Usain Bolt. Es jamaicano, tiene 29 años y el jueves en la noche de Pekín, antes de ganar, como se deseaba, como se esperaba, la final de los 200m de un Mundial por cuarta vez consecutiva, se transformó a sí mismo, luego trastornó al mundo entero, que, unánimemente, exactamente 19,56s después de las 14.55, hora española, emitió por sus gargantas secas una sola exclamación: ¡Qué barbaridad! Solo 19 centésimas de segundo después, menos tiempo del que dura un parpadeo pero una eternidad para quien perdía el tren, una mitad del mismo mundo compasivo suspiró un ‘pobrecito el americano’ que siempre pierde, dedicado a Justin Gatlin, el tigre convertido en gatito por los poderes extraordinarios del atleta sin límites; la otra mitad gritó palabras que no se pueden escribir y hablaron entusiasmados de justicia deportiva y de dopaje. El bronce fue, por dos milésimas, para el sudafricano Anaso Jobodwana (19,861s frente a los 19,863 del panameño Alonso Edward).
Como anunciando el advenimiento de un suceso único, cuando Bolt y los otros siete finalistas de la carrera entraron en la pista, el viento que nunca deja de revolver los papeles en las gradas superiores del Nido, se calmó; la temperatura aumentó hasta los 26 grados, la humedad descendió, y tras un respiro de silencio de apenas unos segundos el estadio volvió a chillar. Después todos los espectadores se quedaron serios, como serios estaba los rostros de los dos atletas que se batían en duelo, magnetizados por sus preparativos. La carrera más importante había llegado. El momento. No se reprodujo el ambiente de show festivo que rodeó el domingo la final de 100m, ni Lang Lang ni reggae ni fuegos artificiales o planos de la luna. Gatlin, batido entonces por una sola centésima, había anunciado que, en realidad la carrera en la que había depositado sus esperanzas para romper la tiranía del jamaicano era la de 200m. Y Bolt, serio toda la semana, le había respondido que se equivocaba, que el 200m, la prueba que le hizo figura mundial cuando solo tenía 15 años y era un escolar de mochila y piernas demasiado largas para su cuerpo torpe, era la carrera que a él le trascendía, la distancia, mitad curva, mitad recta, que le convertía en otra persona, que nadie, ni siquiera él, podía hablar de ella en vano. Y ese instante místico vivido por Bolt se transmitió al estadio y a sus rivales, y ahí nació la tensión que solo el ¡bang! del disparo de salida fue capaz de romper. Entonces entraron en acción los que entienden de atletismo, los exatletas convertidos en gurús, los comentaristas, los físicos y hasta los dibujantes técnicos.
El trazado de la curva de un estadio es una cosa sencilla, un compás y poco más, que los atletas en plena carrera convierten en un misterio. Tanto Bolt como Gatlin, como Mo Greene, como todo tipo de entrenadores, estaban de acuerdo: la curva decidiría la carrera. La curva, que no está peraltada como la de los velódromos, permite, al atleta que sabe dibujar bien sus apoyos sobre ella embocar la recta final con un empuje extra. La curva, pensaba, y así lo dijo, Gatlin, debe ser mía. Contaba el norteamericano con varios factores a su favor. Él partía por la calle cuatro, lo que le permitía tener a la vista a Bolt como el cazador tiene a la vista a la pieza que busca, mientras el buscado, en su papel de señuelo, no podía ver lo que ocurría a sus espaldas, debía correr como quien huía. Gatlin, además, aunque no tan rápido de reacción como Bolt (tardó 14 centésimas de segundo más en despegar sus zapatillas de los tacos) es más bajo y más explosivo, tarda menos en ponerse en acción. Y sus piernas, más cortas, deberían ser más efectivas corriendo casi de lado. Y pese a todo, terminada la curva, Gatlin pudo ver que a su derecha, dos calles más allá, el cuerpo de Bolt, enorme unos centímetros por delante, era un muro que le costaría derribar. Y aunque ya entonces todos daban por perdida la carrera para Gatlin, este se empeñó en seguir combatiendo.
Casi como en la final de los 100m Gatlin llegó casi a igualar a Bolt. En los 100m, conseguido ese objetivo, a cinco metros de la línea, se precipitó y se lanzó adelante, trastabillando. En los 200m, llegado ese momento, cuando aún la recta se extendía otros 50 metros más, Bolt, el trascendido, el transformado, el atleta nacido para correr los 200m, la carrera que ama, la distancia que le corresponde, pareció el avión que despega al final de la pista. Fue el efecto óptico que produjo el agotamiento final de Gatlin, que ya no podía más, combinado con la exuberancia y la frescura del atleta con poderes extraordinarios.
Si en los 100m no tuvo ni una centésima de respiro, en los 200m Bolt tuvo tiempo de relajarse para disfrutar de su triunfo, para golpearse el pecho. Luego, en su slang de Kingston dijo: “One Don”, que, traducido, significa, “one boss” (un jefe). Y Gatlin, convertido, dijo amén.