viernes, 3 de enero de 2014

JESSE OWENS, LA LEYENDA OLÍMPICA



MIGUEL VIDAL
DIARIO AS


De los setenta y tres campeones olímpicos que he logrado entrevistar en sus lugares de residencia, ninguno como Jesse Owens, “la Leyenda Olímpica”. Por las circunstancias de la entrevista y porque sería la culminación de todos mis sueños de periodista. Yo de chaval, en mi Consell natal, mientras guardaba una pequeña piara de cerdos en la granja donde mis padres eran aparceros, leía en una revista llamada “La Tarde” el nombre de Jesse Owens y se me desbordaba la imaginación.
Pero a veces el Destino, generalmente un fusil con ojos, tiene estas cosas: ni en el más arrebatado de mis sueños podía imaginarme que la última entrevista de su vida me la concedería Jesse Owens a mí. Eso ocurría en su casa de la East Acotilla Lane de Phoenix, Arizona, el 12 de febrero de 1980 y la foto que ilustra este trabajo la hizo su esposa Ruth. El 31 de marzo moría.

¿Por qué Ruth Owens, de soltera Solomon, me dejó entrar en su casa?. He pensado muchas veces en eso. El caso es que cuatro años antes ya había tocado el timbre de su magnífico chalé blanco y al contarme que su marido estaba en Montreal (Canadá) porque era representante de pistas de tartán, y con la Olimpiada había negocio, Ruth terminó diciéndome “si vuelves por aquí ésta es tu casa”.

“Por aquí” era Phoenix, la capital de Arizona, a la que, en efecto, volví de nuevo cuatro años más tarde. Toqué el mismo timbre, abrió la verja Ruth y al verme se puso a llorar en mi hombro. “Te dije que si volvías ésta sería tu casa. A mi marido lo trajeron ayer del Hospital de Tucson porque los médicos nada pueden hacer para curar su cáncer de pulmón. Le quedan pocos días de vida”.

Fue impactante entrar en la casa y ver al gran Jesse Owens alimentándose a través de una botella de oxígeno. Estaba en una “chase longue” viendo un western protagonizado por John Wayne, y tras estrecharle la mano me dijo con un hilillo de voz:

–Oh!, boy…I’m very sick…

Pero muy enfermo y todo, enfermo de irse, tuvo un gesto de grandeza del que le estaré agradecido mientras viva. Un gesto que sólo un hombre de su categoría puede tener. Pidió unas nuevas gafas a su mujer, a la que cariñosamente llamaba “Baby”, se quitó los tubos de la nariz para las fotos –“no quiero que los aficionados españoles me vean así”, dijo- y me rogó paciencia para la charla, en la que de vez en cuando intercalaba alguna expresión en español. Con la grabadora muy cerca de su boca para no perder ninguna de sus palabras, el recuento de su vida en estas condiciones revestía una especial emoción:

–Nací en Oakville, Alabama, el 12 de septiembre de 1913. Desde muy pequeño trabajé con mis otros hermanos en los campos de algodón. Mi padre, Henry Owens, trabajaba una parcela de veinte hectáreas con nuestra ayuda. Trabajábamos de sol a sol. Apenas veía a nadie y la vida, aunque dura, transcurría tranquilamente. Recuerdo que mi primer enfado, mi primera pena, la tuve a los ocho años cuando alguien me llamó “negro” en tono despectivo, que es como duele.

Una larga pausa, por recomendación de su mujer, y vuelta a la carga:

–A los diez años nos fuimos a vivir a Cleveland, en Ohio. Pisé por primera vez un colegio, trabajé como vendedor de periódicos, de ascensorista, en una gasolinera, hasta que teniendo trece años se cruzó en mi camino un hombre llamado Charles Riley, que se propuso hacer de mí un atleta.

–Hizo de usted un campeón…

–Un campeón y un hombre. Yo entonces tenía un físico muy raquítico e incluso sufría con frecuencia de neumonía, pero cuando Riley se hizo cargo de mi preparación también mi físico cambió como por milagro. Bien es verdad que los nueve hermanos trabajábamos todos y en casa no faltaba ni ropa ni comida caliente. Algo importante y que siempre he deseado para todas las familias, sean del color que sean.

A los diecisiete años Jesse y Ruth se conocieron y decidieron casarse. Ambos aún sonríen tímidamente cuando lo recuerdan. A Jesse, quizá por la emoción del recuerdo, se le hace la voz más fuerte, más audible cuando dice:

–Ruth fue mi primera novia y mi único amor. Y ha tenido una importancia decisiva en mi vida, ya que para obtener una posición decente luché con todas mis fuerzas contra el tiempo y la distancia, que son las metas del atleta. Y me fue bien.

–Va la Olimpiada de Berlín y causa sensación…

–Tuve suerte. Yo confiaba en mis fuerzas, pero como en aquellos tiempos los medios de comunicación eran escasos, la Olimpiada era una especie de sorpresa. Nadie conocía las marcas previas del rival, lo que hacía que cada uno acudiera creyéndose el mejor.

–Y el mejor fue usted…

–Gané cuatro medallas de oro, y lo que es mejor, un gran amigo: Lutz Long. Sabíamos que Adolph Hitler proclamaba diferencias de raza, y él era blanco y yo negro. Pero en el deporte, por encima de todo, está el compañerismo y Long me dio una maravillosa lección en éste sentido cuando colocó su chándal en el punto exacto donde debía colocar el pie en el salto de longitud y evitar así que me descalificaran…–Jesse se toma un respiro, y continúa—Le gané la prueba porque así es el deporte, y cuando nos abrazamos, las cien mil personas que había en el estadio nos ovacionaron.

–Todas, menos una, supongo…

—¿Hitler?. Ni me acordé de mirarle. Sabía que llegaba al estadio por los murmullos de la gente, pero yo estaba allí para competir y ganar. Y haber hecho un amigo. Lloré el día que supe que Lutz Long había muerto en la guerra.

Cargado de gloria y con cuatro medallas de oro en el equipaje –100 metros lisos, 200 metros lisos, 4×100 metros relevos y salto de longitud—Jesse Owens tuvo un recibimiento gigantesco a su llegada a Nueva York. Como ha habido pocos. Los negros le veían como un símbolo de su raza, y los blancos, como el americano que había ridiculizado al Führer.

Pero detrás de los aplausos y las serpentinas se escondía la realidad. Una realidad amarga.

–Después de Berlín, a pesar de las cuatro medallas, nadie me ofreció un trabajo decente. Y como tenía una familia que mantener, empecé a ganarme la vida corriendo contra caballos. Quizá fuera degradante desde el punto de vista atlético, pero jamás uno debe ser tan orgulloso como para despreciar un ingreso decente. Después, en 1938, alguien me propuso participar en un negocio de lavandería: él ponía el dinero y yo el nombre. Pero el “pájaro” voló y yo tuve que hacerme cargo de las deudas: nada menos que 50.000 dólares. Tuvimos que vender una casa que teníamos en Chicago y, con la guerra y todo, me encontré con que a los cuarenta años no tenía oficio ni beneficio. Menos mal que luego surgió la posibilidad de convertirme en relaciones públicas y en eso sigo. Trabajo para cinco empresas distintas.

Tengo que poner punto final a la entrevista. La cortesía con el enfermo así lo exige. Ruth, siempre atenta, nos hace una foto juntos (en ella no puedo disimular la amargura del momento) y con un tacto exquisito me aparta de su marido para enseñarme la soberbia casa desde la que se divisa la Squaw Pike o montaña de la mujer india, una de las más bonitas de Arizona. Y con un tono apagado, rezumando una infinita tristeza por lo que se avecina, me habla de sus cuatro hijas, de su hijo Jesse, de los siete nietos y ya un bisnieto, que viven, todos ellos, en Chicago. Al despedirme en la barrera, vuelve a llorar en mi hombro. Y yo con ella.


UN “NEGRO AUXILIAR” RESPONDON

Estados Unidos mandó a la Olimpiada de Berlin 1936 un equipo compuesto por 66 deportistas, entre ellos diez de color, a los que la prensa del III Reich intentaba ridiculizar llamándoles “negros auxiliares”. Entre estos negros destacaba un muchacho de apenas veinte años llamado Jesse Owens, pero sin olvidarnos de otros “negros auxiliares” que fueron también medalla de oro, como Cornelius Johnson, en salto de altura; Archie Williams, en 400 metros lisos; John Woodruf, en 800 metros, y en la prueba de 4×100 metros relevos, la apoteosis negra: Jesse Owens, Ralph Metcalfe, Roy Draper y Frank Wikof establecieron un nuevo récord olímpico, 39 segundos 8 décimas, que se mantendría hasta los Juegos de Helsinki 1952.

El héroe de Berlin 1936 fue James Cleveland Owens, Jesse Owens para todos, un atleta que dominó de manera espectacular las pruebas de velocidad, ganando los 100 metros en 10.3 en una final muy apretada con su compatriota y correligionario Ralph Metcalfe, quien con el tiempo llegaría a ser elegido para el Congreso de los Estados Unidos. En 200 metros lisos Owens estableció un nuevo récord olímpico, fijándolo en 20.7 y en la prueba de salto de longitud, gracias a la ayuda de su gran rival Lutz Long (muerto años mas tarde en una acción de guerra en Sicilia), Jesse Owens, con 8’06 metros fijaba un récord que se mantendría hasta la Olimpiada de Roma en 1960, en que Ralph Boston, también atleta norteamericano de color, lo superaba en seis centímetros.

Berlín 1936 fue para Jesse Owens una gesta inolvidable. El “negro auxiliar” que pretendía ridiculizar la prensa nazi salió respondón y, cuando el presidente del Comité Olímpico Internacional, Baillet-Latour, propuso a Hitler que recibiera en su palco a los atletas alemanes, el dictador respondió “que no había mucha oportunidad de felicitarles por culpa de Owens”. Frase que haría famoso al negrito de Oakville al margen de las medallas. Pero, en rigor histórico, hay que poner fin a la leyenda de que Hitler se giró de espaldas para no tener que dar la mano a Owens. Esto es falso. El propio Owens me lo aclaró:

–Se ha escrito esto, pero no es cierto. Yo nunca estuve cerca de Hitler.

Hoy, uno de los paseos que llevan al Estadio Olímpico de Berlin lleva el nombre de Jesse Owens. Los alemanes han terminado por honrar la memoria de este gran deportista y mejor persona.