viernes, 15 de agosto de 2014

EL BRONCE DE LA REVOLUCIÓN



AMAYA IRÍBAR
EL PAÍS.com

Si Christine Ohuruogu, espléndida atleta británica, ha sido campeona olímpica de 400 metros y dos veces campeona mundial, ha sido, sobre todo, por sus tremendos finales, su capacidad para superar el dolor, la subida del lactato, la miseria que paraliza a todos los que dan el máximo en una recta interminable. Estando, Ohuruogu, se decía, nadie está segura hasta que no ha cruzado la última línea, pues hasta el último centímetro peleaba por la victoria, y ganaba. Si esa misma Christine Ohuruogu pudo ser solo cuarta en la final europea que en el primer atardecer de Zúrich, siempre gris y lluviosa y desapacible este agosto, se disputó ha sido sencillamente porque una atleta española, cubana hasta hace solo cuatro meses, fue a por ella en esa última recta de los tormentos gritándose para sus adentros “¡tengo que llegar!, ¡tengo que llegar!”, y no paró hasta llegar y superarla por unas milésimas, por menos de una centésima. “Y no sentía ni piernas ni nada, solo los brazos”, dijo luego Indira Terrero, con una medalla de bronce al cuello, y a solo dos centésimas de la plata de la ucrania Olha Zemlyak.
Es la primera española que alcanza tal logro. “Y todavía no me lo creo”, seguía. “No tengo palabras”. El oro fue para su rival cubana de toda la vida, Libania Grenot, llamada La Pumita, que muestra siempre sus garras, sus largas uñas, al salir, que es italiana por matrimonio de conveniencia que a los dos meses fue divorcio y que hizo una carrera perfecta. “Me ganaba siempre en la isla y me ha ganado aquí”, dijo Terrero, “pero para mí el bronce es ya un milagro después de la temporada de lesiones en la rodilla que llevo, que hacían que mi semana fueran tres días de buenos entrenamientos y dos días de malos”. A pesar de ello, con 51,38s, hizo su mejor marca del año.
La otra española que convertía en única la final, pues nunca había habido ninguna en una final europea al aire libre de 400m, mucho menos dos y mucho menos una medalla, Aauri Lorena Bokessa, acabó octava y maldiciendo sus nervios y su timidez. “No quería suicidarme saliendo muy rápida, y eso combinado con que en la calle ocho no tenía referencias, ha hecho que hiciera una carrera de la que no estoy satisfecha”, dijo la atleta de Fuenlabrada, desolada.
Como hizo en su primera experiencia europea Terrero, de 29 años, (“ya tenía medallas como cubana, pero no es lo mismo”, dijo la atleta, cuya mejor marca, 50,98s, la consiguió como cubana en la altura de Cali, Colombia), quien tras la carrera repetía un “me ha costado, me ha costado mucho”, que podría valer también para relatar las circunstancias de su exilio económico-político de Cuba aprovechando la celebración en 2010 de los Iberoamericanos de atletismo en San Fernando (Cádiz). Acompañada de otros atletas de la elite cubana, como el ochocentista Castillo, que se quedó en Sevilla, Terrero decidió dejar a su madre y a su familia y su vida en Cuba y vivir en España como atleta. Vive en Valencia junto a su pareja y comparte piso con la triplista Ruth Ndoumbe, de quien hace de casi madre, entrenándose con Rafael Blanquer, el mismo que guió a Niurka Montalvo, y despertando la admiración de los que llegan a conocerla por su dedicación y compromiso. “Pero todavía no puedo volver a Cuba porque no sé si podría volver a salir”, dice Terrero. “Mi padre está en Estados Unidos y a él le puedo ver, pero no a mi madre. En cambio, Libania, como no se fugó, puede volver cuando quiera”. “Me ha sorprendido por su superprofesionalismo”, dice el fisioterapeuta José Antonio Bodoque. “Estos días en Zúrich ha estado siempre atenta al masaje, iba a la pista de calentamiento a rodar después de cada competición, metía las piernas en hielo… Una atleta muy seria”.
“Es magnífica tanto su medalla, por lo que significa para el atletismo femenino español, como su presencia en España, pues supone una competencia que antes no tenía, y eso nos hará mejores a las dos”, dijo Bokessa. “Y, sobre todo, nos permitirá montar un buen relevo que llegará a la final olímpica de Río 16”. Y ello, como profetiza Ramón Cid, director técnico nacional, será la prueba del nueve del cambio de tendencia del atletismo español, que lo que no encuentra en el medio fondo y el fondo, sus referencias históricas, lo halla en los lanzamientos, los saltos y la velocidad
También hubo un español en la final de 400m, el canario Samuel García, que al revés que Bokessa, saliendo muy fuerte, y terminó séptimo, lejos de un oro que ganó magníficamente el británico Martyn Rooney, de casi dos metros y menos de 80 kilos, con tiempo de 44,71s, mejor marca europea del año, por delante de su compatriota juvenil Matthew Hudson-Smith, que hizo su mejor marca personal, 44,75s, después de que su sistema nervioso fuera penalizado con una amarilla por salida temprana.