lunes, 4 de marzo de 2013

ESTADOS UNIDOS TAMBIÉN LLEGA A LA LUNA

CARLOS ARRIBAS
El País.com

Siempre, desde el principio, se habló de Elena Isinbayeva como en su momento se habló de Serguéi Bubka. Y la comparación era obligatoria por muchas razones. Por provenir ambos del sistema deportivo de la Unión Soviética. Por dominar su disciplina, la misma, el salto con pértiga, de una manera absoluta. Por llevar su especialidad a alturas no conocidas y marcar claramente una línea entre ellos, los dioses, y los demás, los mortales. Por la manera calculada y económica de batir repetidamente récords mundiales.
Era como si la carrera espacial de la pértiga les competiera solamente a ellos, a los rusos; como si la otra gran potencia estuviera negada para alcanzar la luna, las barreras de los seis metros, para hombres, y los cinco metros, para mujeres, que ellos superaban casi cotidianamente.
Entre ambos, entre el ucraniano y la rusa también hay muchas diferencias, pero ninguna como la que lo que ocurrió ayer indica: mientras, ya va para más de 20 años en ello, ningún atleta ha sido aún capaz de batir uno de los récords de Bubka (6,15 metros en pista cubierta desde febrero de 1993; 6,14 metros al aire libre desde julio de 1994), a Isinbayeva ayer le quitaron uno.
Lo hizo una norteamericana de 31 años, hija de tenderos polacos en la zona más rural del estado de Nueva York y llamada Jenn Suhr (Stuczynski de soltera), la atleta que llevó a Estados Unidos a la luna en pértiga. “Estoy feliz porque he superado una barrera mental, la de los cinco metros”, dijo Suhr, la primera mujer que lo consigue después de Isinbayeva (la rusa lo hizo por primera vez en verano del 2005), quien se proclamó campeona de Estados Unidos con un salto de 5,02 metros, un centímetro más alto que el récord establecido por Isinbayeva hace un año. A la rusa, de todas maneras, aún le queda el récord absoluto, 5,06m conseguidos al aire libre en 2009, una marca que también sufrió la amenaza de Suhr, que hizo tres intentos nulos sobre 5,07m después de su 5,02m.
Era Suhr la atleta elegida para hacerlo. Y eso se sabía quizás desde el pasado verano, desde que la estadounidense que se casó con su entrenador, Rick Suhr, 15 años mayor que ella, se proclamara en Londres campeona olímpica. Hasta ayer el mejor salto de Suhr era de 4,92 metros. Al gran salto entre una marca y otra, 10 centímetros, contribuyó seguramente el escenario de la gesta, la pista cubierta de Alburquerque, en Nuevo México, a1.600 metros de altitud, altura a la que empiezan a ser notorios los beneficios de la menor presión del aire en sprints y saltos.
La carrera individual de Suhr, la forma en que ha alcanzado la excelencia con la pértiga, refleja quizás, más que cualquier otra consideración, la diferencia entre el atletismo de escuela soviético y el estadounidense. Suhr, excelente deportista universitaria (sobre todo, en baloncesto) no empezó a saltar con pértiga hasta los 22 años, siguiendo los pasos de la pionera estadounidense, Stacy Dragila, y los consejos de Rick Suhr, que acabaría siendo su marido. Su adaptación fue extraordinaria: pocos meses después de su iniciación saltó 4,35 metros y ganó su primer título nacional estadounidense.
Como Suhr, que se ha montado en un granero su pequeño centro privado de alto rendimiento, el francés Renaud Lavillenie solo respira pértiga y en su jardín tiene un saltadero donde compite con su padre y su hermano, también pertiguistas. Y como Suhr con Isinbayeva, el francés, también campeón olímpico, cree que tiene una cuenta pendiente con Bubka y ayer también, a miles de kilómetros de Alburquerque, en Gotemburgo, mostró las razones para creer en su capacidad. Después de asegurarse con un concurso impecable, sin un derribo, el título de campeón de Europa en pista cubierta con 6,01m, pidió que le pusieran el listón en 6,07m, una altura que le colocaría en el ránking como el primero detrás de Bubka (lo es Hooker, con 6,06m). Y a la tercera lo consiguió Lavillenie, que rozó el listón con el pecho al caer, y lo dejó temblando sobre su soporte, sin derribarlo. Su orgasmo inevitable fue interrumpido al segundo por un juez con bandera roja, que declaró el salto nulo ya que el listón, aún no caído, se había salido de los rodillos sobre los que se asentaba. El llanto de Lavillenie, inconsolable durante horas, seguramente será una anécdota cuando consiga, que lo conseguirá, volver a superar esa altura, y más, hasta la luna.