sábado, 1 de octubre de 2011

EL DÍA EN QUE PEDRO NIMO SE ENCARÓ CON SU PASADO



Andrés Armero
Marca.com

"Estaba allí otra vez, en el mismo sitio donde había calentado en 2009 con Rafa y Chema; y me eché a llorar". El maratón, la competición que condensa una amalgama de sentimientos tal que podría escribirse un libro por cada uno de sus participantes, volvía a ser el paradigma. Allá donde se dan gestas que sobrepasan los límites de lo inteligible, un gallego ganó el pulso al brazo de hierro del pasado.
La historia de Pedro Nimo emerge como un cohete de las entrañas del atletismo. El corazón de este deporte podría resumirse en un tatuaje grabado para siempre en su brazo: 'Berlín, agosto 2009'. Un lugar, una fecha, pero por encima de todo, una evocación a un espíritu de superación sólo concebible en la mente de un héroe.
Hace algo más de dos años, en el Mundial de Berlín, Nimo recibió la "mayor lección, humana y deportiva" de su vida. Dos fracturas de estrés, una rotura piramidal y una pubalgia aparecían en el cuerpo del compostelano desde el kilómetro 10. Lo que era el premio a una trayectoria, se convertiría en el mayor calvario de su existencia.
Nimo quiso defender su orgullo y la camiseta nacional hasta el final e hizo una cosa que al resto de seres humanos no se les habría pasado ni tan siquiera por la cabeza. El maratoniano llegó a meta tras vencer más de dos horas de dolor extremo que crecía hasta el infinito, paralelamente a su osadía. La respuesta del Presidente de la Federación, José María Odriozola, fue otra: "Dijo a gente de mi entorno que había terminado por los 6.000 euros de beca".
Sólo el que sufre, recuerda

El gallego tuvo que enfrentarse a una montaña de resonancias e intervenciones que querían apartarle de su pasión. "La Federación no pagó ni un duro". Nimo trató de hablar con Odriozola, pero chocó contra una pared: "Él no me saluda". La misma rabia que recorrió su cuerpo cuando se enfrentó con Pascua: "Manolo te ofrecía sustancias y tú decidías: o lo tomabas o lo dejabas". Nimo tenía claro que "no quería cruzar la frontera" y Pascua comenzó a desprestigiar la figura del fondista.
Ante la ausencia de ayudas, decidió trasladar su residencia a Vigo "para trabajar en la tienda Bikila", donde lo acogieron "con cariño". A cada recuperación le sucedía una recaída. Cada sueño lo enterraba una pesadilla.
Nimo volvió al lugar de los hechos dos años más tarde sin una preparación adecuada, pero con un coraje superlativo. Y en el kilómetro 12, "un pinchazo trajo de vuelta los fantasmas del pasado". El gallego no se achicó y continuó para delante por una convicción: "Tras superar lo de 2009, creo que podré superarlo todo". En el 28 tuvo que vomitar y, a partir de ahí, no pudo probar ni una gota de agua.
El final de una venganza
Cuando la Puerta de Brandenburgo apareció ante él, Nimo no podía más: "Sentía una ansiedad que me ahogaba". Pero ya nadie ni nada estaba legitimado para pararle. Nimo llegó a meta en séptima posición en el maratón más rápido de todos los tiempos. Una marca de 2:13:34 que rebaja la mínima olímpica, pero que no le satisface. "Para estar en Londres habrá que bajar de 2:12:00, hay mucha competencia, yo lo intentaré en el mes de abril".
Pese a llegar por delante de fueras de serie como el keniata Limo, no se crece ni un ápice. "Cuando lo adelanté me daba casi vergüenza, pero él había hecho un primer medio maratón de locos". Nimo es consciente de que "la africana es una raza superior". El santiagués lucha contra el cinismo como lo hace frente a los kilómetros: "Para ellos es una cuestión de vida o muerte: o corres o te mueres". En otro prisma está España, "un país donde a menudo nos malcriamos". Al fondista compostelano le gusta mirarse al espejo y ver "como aquel niñato que llegó a la Blume con 19 años y que se creía el rey del mundo" ha crecido. La cicatriz de Berlín en 2009 es un monumento a la esencia del atletismo. Y a ella se ciñe para pisar más fuerte en busca de nuevas metas porque tiene asumido que "donde otros tienen que demostrar dos, Nimo tiene que demostrar tres". Pero puede estar tranquilo. En el maratón en el que se paró el mundo, Nimo demostró cien.

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